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miércoles, 18 de noviembre de 2015

MENOS JEFES, MÁS SALUD

Pregúntale a cualquier persona que se sienta estresada por su empleo actual cuál cree que es la causa. La mayoría te contestarán que asumen demasiada responsabilidad, que tienen una carga de trabajo excesiva y no dan abasto, que están agotadas por tener que enfrentarse a la ardua tarea de gestionar a otras personas, que se sienten permanentemente vigiladas, que no tienen libertad de acción y tienen que tomar decisiones que se enfrentan a sus propios valores, que no soportan a algún compañero cuya presencia sienten como permanente a pesar de resultarles altamente tóxica, que mantienen una continua lucha interior pensando que les gustaría dedicar más tiempo a su familia y amigos y no tener que estar tan esclavizadas por el trabajo, que necesitan un horario menos restrictivo que les permita disfrutar de más tiempo libre y vacaciones de vez en cuando para desconectar de la opresión del día a día, etc, etc, etc.

Y todo eso es consecuencia de tener la obligación de rendir cuentas a algún superior, al jefe. Ese que parece no ser humano, que es incapaz de ponerse en tu lugar cuando vas a pedirle algo que realmente necesitas y siempre encuentra una excusa para negártelo. Ése que sólo se acuerda de ti para pedir y exigirte cada vez más pero es incapaz de apreciar tu esfuerzo, reconocer tus méritos y premiar tus logros. Ése que se cuelga las medallas que otros le sirven en bandeja, que le gusta salir siempre en la foto, que nunca se acuerda de ti para celebrar las victorias y compartir los éxitos.   


Relájate, hay salida. Respira hondo, recapacita. ¿Estás dispuest@ a cambiar?

domingo, 4 de octubre de 2015

COMPRENSIÓN, COMPASIÓN Y PACIENCIA



Escucha, hijo: voy a decirte esto mientras duermes, una manecita metida bajo la mejilla y los rubios rizos pegados a tu frente humedecida.


He entrado solo a tu cuarto. Hace unos minutos, mientras leía mi diario en la biblioteca, sentí una hola de remordimiento que me ahogaba. Culpable, vine junto a tu cama.


Esto es lo que pensaba, hijo: me enojé contigo.


Te regañé porque no te limpiaste los zapatos. Te grité porque dejaste caer algo al suelo.


Durante el desayuno te regañé también. Volcaste las cosas. Tragaste la comida sin cuidado.


Pusiste los codos sobre la mesa. Untaste demasiado el pan con la mantequilla. Y cuando te ibas a jugar y yo salía a tomar el tren, te volviste y me saludaste con la mano y dijiste: “¡Adiós, papito!” y yo fruncí el entrecejo y te respondí: “¡Ten erguidos los hombros!”


Al caer la tarde todo empezó de nuevo. Al acercarme a casa te vi, de rodillas, jugando en la calle. Tenías agujeros en las medias. Te humillé ante tus amiguitos al hacerte marchar a casa delante de mí.


Las medias son caras, y si tuvieras que comprarlas tú, serías más cuidadoso. Pensar, hijo, que un padre diga eso.


¿Recuerdas, más tarde, cuando yo leía en la biblioteca y entraste tímidamente, con una mirada de perseguido? Cuando levanté la vista del diario, impaciente por la interrupción, vacilaste en la puerta.


“¿Qué quieres ahora?”, te dije bruscamente.


Nada respondiste, pero te lanzaste en tempestuosa carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus bracitos me apretaron con un cariño que Dios había hecho florecer en tu corazón y que ni aun el descuido ajeno puede agostar.


Y luego te fuiste a dormir, con breves pasitos ruidosos por la escalera.


Bien, hijo: poco después fue cuando se me cayó el diario de las manos y entró en mí un terrible temor. ¿Qué estaba haciendo de mí la costumbre?


La costumbre de encontrar defectos, de reprender; ésta era mi recompensa a ti por ser un niño. No era que yo no te amara; era que esperaba demasiado de ti. Y medía según la vara de mis años maduros.


Y hay tanto de bueno y de bello y de recto en tu carácter. Ese corazoncito tuyo es grande como el sol que nace entre las colinas.


Así lo demostraste con tu espontáneo impulso de correr a besarme esta noche. Nada más que eso importa esta noche, hijo. He llegado hasta tu camita en la oscuridad, y me he arrodillado, lleno de vergüenza.


Es una pobre explicación; sé que no comprenderías estas cosas si te las dijera cuando estás despierto.


Pero mañana seré un verdadero papito. Seré tu compañero, y sufriré cuando sufras, y reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando esté por pronunciar palabras impacientes. No haré más que decirme, como si fuera un ritual: “No es más que un niño, un niño pequeñito”.


Temo haberte imaginado hombre.


Pero al verte ahora, hijo, acurrucado, fatigado en tu camita, veo que eres un bebé todavía. Ayer estabas en los brazos de tu madre, con la cabeza en su hombro.


He pedido demasiado, demasiado…


W. Livingston Larned


Extraído del libro sugerido por nuestro RETO para la lectura de agosto "Como ganar amigos e influir sobre las personas" de Dale Carnegie.

lunes, 13 de julio de 2015

ENCAMINADO

"Está usted a punto de emprender una de las aventuras que más puede transformar su vida"


Ayer hablábamos del legado de Dale Carnegie, hoy le toca el turno a José Silva.

"...también desarrollarás mayor comprensióncompasión y pacienciacontigo y con tus semejantes"

EN BUSCA DE LA EXCELENCIA